Una historia para leer despacio, como quien se sienta entre los yuyos, a la orilla de un río que parece un tigre marrón estirado bajo la sombra del monte. Páginas con aroma a siemprevivas, con trinos de pájaros sin nombre, con cardos que tiñen de violeta el final de las oraciones, mientras el cielo se vuelve un manto de nomeolvides reflejado en el agua.
Con una poética profundamente norteña, Luis Do Santos construye un universo hecho de cáscara de río y cañaverales, de casas con pisos de hormigón lustrado, paredes sin revocar y cortinas de arpillera. Allí nace una historia de amor infantil que atraviesa el tiempo y nos habla de los amigos que darían la vida por nosotros, de la soledad que cobija como un árbol y de las alas de un abuelo que guarda una mirada musical y secretos destinados a permanecer para siempre.
Do Santos despliega una escritura de la memoria y la inocencia, con esa extraordinaria capacidad de convertir un pequeño pueblo del norte en un territorio que, una vez recorrido, ya nunca se abandona.




