Cien años después de su primera publicación, vuelve Los desterrados, inaugurando la colección de Clásicos orientales.
A cien años de su primera publicación, Los desterrados sigue siendo un título central en la literatura de Horacio Quiroga, capaz de revelarnos, cuando menos, un par de claves para comprender la auténtica amplitud de su obra.
La primera es el descubrimiento del universo narrativo que el salteño exploró al alejarse de los golpes de efecto que caracterizan sus cuentos más conocidos. Fue entonces cuando accedió a un registro más rico en matices y, al mismo tiempo, más hondo y compasivo. Por eso los cuentos de este volumen ya no son mecanismos literarios orientados al sobresalto, sino textos más complejos y sutiles, capaces, por lo tanto, de no agotar su pulso en una sola lectura.
La segunda es que estos relatos no solo están ambientados en la selva misionera, sino que surgen de ella casi como un fruto que ha madurado al calor de dos soles, el real y el literario. Quiroga sintetizó aquí vida y escritura. Y, tal como apunta Carlos María Domínguez en el estupendo prólogo de esta edición, al cruzar «la sonsa línea que separa al hombre de letras y al hombre de acción […] dio al cuento americano una firme luz».



