Un libro para entender el mundo de Silvio Rodríguez que no se va a simple vista.
Mi interés por la fotografía es de lo más común:
cuando yo era niño, muy poca gente poseía una
cámara. La primera vez que vi una fue en el estudio
del fotógrafo de San Antonio de los Baños,
Carlos Núñez, que con el tiempo se convertiría
en un relevante fotorreportero. Después, en la
adolescencia, tuve la suerte de trabajar en diferentes
publicaciones y de conocer a excelentes
fotógrafos. En el semanario Mella fui compañero
de Ernesto Fernández y de Peroga; en la revista
Venceremos de Andrés Vallín y de Ovidio
Camejo; en Verde Olivo de Perfecto Romero,
de Sergio Canales, de Eutimio Guerra, de Juan
Luís Aguilera. Fui vecino de Mario García Joya
(Mayito) y de María Eugenia Haya (Marucha)
durante 18 años. Y, hasta que falleció, fui amigo
de Alberto Korda. La verdad es que he tenido
la suerte de conocer a fotógrafos muy buenos.
De cada uno —y de todos— fui aprendiendo a
querer y a interesarme por la fotografía y, por
supuesto, por las cámaras.
Del prólogo del libro




